Eduardo tenia lo labios gruesos, una moto Suzuki clásica y tocaba excelente la guitarra, por causas de la música se fueron a la cama, sin embargo resultó ser un tipo muy corriente, lo hacían durante diez, veinte, treinta, cincuenta, setenta minutos, casi dos horas y nada que el sujeto llegaba a su final feliz, ella se aburrió, intimar con un inexperto a veces no resulta fácil; las mujeres creen que por una vez que lo introduce, medio lo mueve en la misma posición, con el mismo ritmo, es suficiente para que sea bueno, de eso se convencen casi todas para verse involucradas con cualquier tipejo de mala calidad, (maroma conveniente para disfrazar la soledad). Martina lo sabía, igualmente creyó que podría ser mejor; no dejaba de verlo porque le parecía un tanto recreativo en otras áreas.
Para mejorar la situación ella le propuso adoptar otro lugar, otra posición de la piel, ella arriba y el abajo, eso sí, el abajo con las piernas bien abiertas tal cual ballet, así ella podía agarrarlo por el trasero y hacer lo propio, de igual manera él tampoco llegaba a su final feliz. Martina si llegaba, debido a esto sufrieron una reversa incontrolable puesto que ella se venía primero que él, de quince minutos a media hora era suficiente para que su clítoris disfrutara de una buena exaltación , exhausta encendía el televisor, el hablaba, hablaba, hablaba. Entendió porque a los hombres a veces les estorban las mujeres, el era así, no paraba de hablar, ella asentaba la cabeza por inercia mientras buscaba la toalla para ir a la ducha. Eduardo le tomaba fotos a su trasero con el celular decía que este gozaba de posturas estéticas dignas de Botero, las unía a la colección de traseros fotografiados en las que solo el distinguía cual era de quien y quien era el de cual.
En esos meses de pasear en moto, ver juntos más de 33 películas, ser amantes del olor a huevo frito, el nunca tuvo un final feliz, siempre era ella; se lo aprendió de memoria, tanto que sabía que botón hundir, donde subir y a qué medida exacta bajar para llegar la gloria. A Martina la emoción le duro poco, de saber cada paso, cada gesto, cada olor, se le hizo cotidiano, predecible y conoció a una "ALEJANDRA" una vagina, otra historia que contar.
"ser amantes del olor a huevo frito"
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